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Triste destino de los relojes mecánicos PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por vegeve   
martes, 09 enero 2007
La colocación de un supuesto carillón en el Ayuntamiento de Murcia esta siendo objeto de controversia. Encontrareis más abajo un artículo, al respecto, de D. Enrique Máximo García, publicado hace poco en La Opinión de Murcia y que debo a D. Manuel Pérez Sánchez, Profesor de Arte Regional  del Dpto. Historia del Arte de la Universidad de Murcia.

"Desde siempre, el hombre de las ciudades ha creído conveniente levantar con su esfuerzo, unas veces en ladrillo y otras en piedra, artificiales montañas, las torres, que debían servirle para conectar sus anhelos con la divinidad o, simplemente, lo desconocido que escapaba a su control. Con independencia de este fin primordial, habilitó en su parte más noble, a veces la más alta, un espacio destacado y diáfano donde colgar sus campanas y poder interpretar cómodamente los diversos toques de aviso.

Estos vasos de bronce, símbolos de la cúpula del cielo y, por ende, de la armonía que, creían, regía las esferas, también fueron destinados a señalar con sus clamores los grandes tránsitos y situaciones que afectaban a la vida de seres y colectividades. De ahí que sonaran en muertes, nacimientos, incendios, plagas o tempestades. Y de ahí que se les asignara la misión de marcar el compás del tiempo, tanto al clarear el día (toques de alba), como en el ocaso o en la continua secuencia de las horas.

Dependiendo del sistema de gobierno de las ciudades o de la mayor o menor fuerza de los concejos, también se buscó distinguir de forma eficaz entre las campanas civiles y las de uso meramente eclesiástico, bien a través de dos torres diferenciadas, las del reloj y de la iglesia, casos de Bullas, Calasparra, Mula, Tobarra o Lorca, bien colocando un templete ciudadano, sobrepuesto en lo más alto de las distintas torres parroquiales, Orihuela y Callosa, o utilizando ambos grupos de campanas el mismo plano pero marcando bien claramente el patronazgo como en Alhama.

Esta necesidad de regular el paso del tiempo ciudadano obligó a instalar en ellas desde finales de la Edad Media máquinas que lo hicieran posible, primero de notable sencillez y poca precisión y, poco a poco, de gran envergadura, con multitud de ruedas dentadas que mejoraban sustancialmente la medición y, a veces, con el espectacular añadido de autómatas: aún hoy en día atraen la atención y el pasmo de los turistas los de Praga o Venecia.

Sin embargo, el hecho de situar el emplazamiento de estos complejos mecanismos en el oculto interior de las torres ha conllevado consigo, por simple ignorancia, el germen de su aniquilación.

Mientras que en los países cultos del centro y oeste de Europa se les ha protegido y cuidado con todos los esmeros que precisa una máquina, a veces centenaria, en nuestro país se les está eliminando de forma sistemática, bajo el ciclón de las nuevas tecnologías digitales y el falso reclamo de no retrasar más de un segundo al milenio: y todos conocemos la perdurable inmutabilidad de la tecnología digital.

Ejemplo paradigmático de todo ello es nuestra Región, donde la agresiva estrategia comercial de algunas empresas relojeras están diezmando en tromba todas las viejas máquinas que, procedentes de los siglos XVIII, XIX y XX aún se conservaban en iglesias y torres de reloj.

Así ha ocurrido de forma calamitosa en la propia catedral de Murcia, donde las antiguas ruedas dentadas han sido sustituidas por tecnología electrónica. Y lo mismo ha venido ocurriendo en multitud de parroquias como la de Alguazas donde, en vez de conservarse el mecanismo en origen y en funcionamiento, ha sido desmontado para trasladarlo al interior del templo; de ahí, al desguace, sólo media la voluntad del párroco de turno. Una máquina de que no funciona, con todas sus imprecisiones, es máquina condenada.

Ahora le ha tocado el turno al Ayuntamiento de la capital, donde se nos quiere vender la especie de un carillón que no es otra cosa que una previa grabación de sonidos manipulados después desde un teclado, con la gracia añadida de que pueda interpretar el Perico Chocolatero, La Parranda o El Gato Montés si hace falta, según la fiesta que toque.

Pues no, mire usted, eso no es un carillón: en todo caso es un disco mejorado y un viaje para el que no hacía falta tanta alforja. Un carillón, y los hay a cientos, está hecho con campanas reales y afinadas, un teclado y un intérprete capaz de extraer de él excepcionales melodías, muchas de ellas escritas por los grandes maestros del barroco. Y, mientras tanto, sin que el Servicio de Patrimonio emita un quejido, la vieja maquinaria, así aparece en la prensa, al Museo, como los ancianos a los que se envía al asilo por inservibles, con el agravante en este caso de que ya ni se les da de comer: ¿para qué engrasarlos si no funcionan?"

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